
El ingreso del rey Harald es el último acto de una comedia de costumbres atlántica. Mientras el monarca noruego busca la rehidratación entre sábanas de hilo, custodiado por un médico privado que vuela desde Oslo para evitar el contacto con la realidad local, los canarios se hacinan en una estadística impresentable en Bruselas de pacientes en espera. Un sistema donde el privilegio es discreto y la miseria es pública, estructural y cronificada.
Esta es la verdadera geometría del desprecio. Mientras el rey Harald de Noruega —un anciano de noventa años con la piel quebrada por la infección— reposa en la suntuosidad de Costa Adeje, el sistema sanitario que lo rodea se desintegra como un tejido necrótico. No hay mayor ironía técnica: un monarca escandinavo busca refugio en el Bahía del Duque, un simulacro de pueblo canario del siglo XIX diseñado para que los ricos ignoren el siglo XXI, mientras a pocos kilómetros, 200.000 canarios esperan en un limbo administrativo que alguien, algún día, se digne a mirarles la garganta o el corazón.
Mientras 30.000 personas observan cómo el calendario devora más de 180 días esperando por una cirugía que nunca termina de programarse, el sistema sobrevive con una ratio de camas hospitalarias situada sistemáticamente por debajo de la media estatal. Es la aritmética del abandono: agendas de Atención Primaria que se clausuran en apenas 60 minutos y demoras para una cita ordinaria que superan los 10 días, todo ello bajo la gestión de un pacto que inyecta recursos millonarios en la sanidad privada mientras el burnout consume a una plantilla exhausta que ya no cree en los milagros, ni siquiera en los de la corona noruega.
Harald no es un paciente, es un activo turístico de lujo. Por eso tiene a su médico personal volando desde Oslo, un guardián de su salud que sabe que la sanidad pública de Clavijo y Domínguez es un territorio hostil. Ni siquiera un rey noruego se fía de un sistema donde la Intersindical Canaria certifica el colapso: agendas que se cierran en sesenta minutos y listas de espera quirúrgica de más de seis meses. Es la eutanasia por omisión. El monarca se recupera de una deshidratación en una burbuja de sábanas de hilo, mientras el ciudadano medio se deshidrata esperando una cita de atención primaria que llegará, con suerte, dentro de diez días.
Bajo el sol de Coalición Canaria y el PP, la gestión sanitaria se ha convertido en una rama de la tanatopraxia política. Han profesionalizado la desprofesionalización. Los gerentes no pisan los centros; se limitan a gestionar el flujo de dinero público hacia la privada, esa privatización encubierta que es el verdadero motor del pacto de gobierno. El sistema está «crítico, estructural y cronificado», palabras que en medicina significan muerte próxima, pero que en el BOC se traducen como «estabilidad presupuestaria». El personal sanitario sufre el síndrome de burnout, una combustión interna provocada por la falta de camas y la abundancia de cinismo oficial.
Es la estética de la desigualdad perfecta. Dieciocho millones de turistas al año atraviesan este balneario mientras los hospitales locales tienen menos camas por habitante que la media estatal. El rey Harald se marchará el 6 de marzo, probablemente agradecido por el clima y la discreción. Detrás dejará una sanidad pública que es un cadáver mantenido con vida artificial, un sistema donde los profesionales se dan de baja por ansiedad mientras los cargos políticos, elegidos por afinidad y no por mérito, siguen tomando decisiones desde despachos climatizados, de espaldas a una población que ya solo tiene derecho a la estadística de la espera.














