
El despliegue administrativo del arranque de 2026, plasmado en el BOC, con un ‘Tax Day’ de la Viceconsejería de Hacienda, que dirige el empresario socio de Pastas La Isleña y Chocolates La Candelaria, Gabriel Mejías, deja al descubierto una realidad incómoda: el movimiento de defensa del consumidor en Canarias ha sido absorbido por la propia estructura que debería fiscalizar. Bajo un manto de institucionalidad, entidades históricas como la Unión de Consumidores de Las Palmas (UCONPA-CECU) han mutado de organizaciones reivindicativas a piezas clave del engranaje oficial, operando como una correa de transmisión que pacifica el mercado en favor del complejo entramado económico de las RUP. ¿Sabe alguien la tesis de alguna organización de consumidores de Canarias sobre el AIEM o el aumento del gasto sanitario de dializar a buena parte de los 213.000 diabéticos victimas en buena parte de los insumos que se emplean para generar comida en las islas?
La metamorfosis de UCONPA, decana del sector desde 1987, es el caso de estudio perfecto sobre la captura del regulador. Al ocupar sillas estratégicas en la Comisión de Precios de Canarias, el Observatorio del Comercio y la Junta Arbitral de Consumo, la asociación ha ganado un acceso privilegiado a los despachos donde se deciden desde las tarifas del agua hasta las de los taxis. Sin embargo, este «acceso total» parece haber tenido un precio: la neutralización de su colmillo público. En un escenario de asfixia por el AIEM y trabas al comercio electrónico, su silencio en las calles y redes sociales sugiere que la incidencia interna ha sustituido por completo a la denuncia ciudadana.
El mapa del asociacionismo canario revela, además, una arquitectura de control casi especular. El Registro de Asociaciones muestra una hiper-fragmentación de siglas que, curiosamente, convergen en un mismo búnker operativo: UCONPA, ACOGRAN y ACOPA comparten sede física en la calle Luis de la Cruz de Las Palmas. Este «clúster» asociativo bajo un mismo techo no solo optimiza recursos, sino que facilita al Gobierno una interlocución única y dócil, diluyendo cualquier asomo de pluralidad o disidencia frente a las políticas oficiales que encarecen la cesta de la compra en el archipiélago.
Este ecosistema «zombi» se extiende incluso a la sanidad pública, donde la presencia en consejos de salud y hospitales como el Dr. Negrín no se traduce en una fiscalización real de las listas de espera o la calidad del servicio. Mientras el BOC sigue emitiendo resoluciones y planes estratégicos de subvenciones, el «perro de guardia» del consumidor canario parece haber abandonado definitivamente la calle para acomodarse en la moqueta de las comisiones. En la Canarias de 2026, la defensa del ciudadano no es una batalla, es un trámite administrativo más en manos de un lobby silencioso que prefiere el consenso del despacho al ruido de la reivindicación.
Noticia escrita por Gara H. Vega. Editado y verificado por José L. Jiménez. Información cruzada sin filtros institucionales. Este análisis no ha sido financiado por publicidad oficial ni condicionado por intereses de lobby.














