
El Gobierno de Canarias ha lanzado una lista de resoluciones que realmente es un inventario de la ansiedad regulatoria. En los pasillos de poder, donde el pragmatismo ha sustituido hace tiempo a cualquier rastro de idealismo, los anuncios de esta segunda semana de marzo de 2026 revelan un archipiélago que intenta parchear su futuro con la misma parsimonia con la que un enfermo terminal organiza sus efectos personales.
La Estrategia de Atención Sociosanitaria 2026-2030 aparece en el sumario con la pesadez de sus 273 páginas, un monumento de papel que pretende gestionar el declive biológico de una población que envejece entre la desidia institucional y la falta de plazas. Para el lobbista, este documento es el mapa del tesoro de la licitación pública: cinco años de gasto programado en un sector donde la fragilidad humana se convierte en una oportunidad de negocio estable. Es la respuesta técnica a una crisis demográfica que no entiende de ciclos electorales, redactada con la gélida eficiencia de quien sabe que el cuidado es, ante todo, una partida presupuestaria.
Si descendemos a los anuncios de la Consejería de Transición Ecológica y Energía, el panorama se vuelve más agresivo. La solicitud de utilidad pública para las infraestructuras de transporte de energía en Güímar (expedientes AT25/011 al 014) y la línea de 220 kV Caletillas-Las Rosas no son meros trámites técnicos; son el reconocimiento de que la red eléctrica canaria es un organismo al límite de sus fuerzas. La «utilidad pública» es el eufemismo legal para la expropiación, la herramienta con la que el Estado aparta los derechos individuales en nombre de una eficiencia energética que siempre parece llegar tarde.
En paralelo, el goteo constante de autorizaciones de vertido de aguas residuales en Tenerife —desde Arafo hasta La Victoria de Acentejo— dibuja la imagen de un territorio que lucha por no ahogarse en su propio residuo. Es una danza burocrática de EDARs y pozos sépticos que revela la incapacidad de planificar el crecimiento habitacional sin comprometer la calidad del subsuelo. Para el capital inversor, estas autorizaciones son el cuello de botella que determina si una promoción inmobiliaria es un activo líquido o un pasivo estancado por la Dirección General de Calidad Ambiental.
Hay algo casi poético en la resolución que somete a información pública la ampliación del Parque Natural de Cumbre Vieja sobre el cono volcánico del Tajogaite. Es el Estado reclamando para el patrimonio natural lo que la lava reclamó primero para el olvido. Sin embargo, para los propietarios afectados por el proyecto «San Simón-Tajuya», la citación para el levantamiento de actas previas a la ocupación es un recordatorio de que la reconstrucción de La Palma sigue siendo una herida abierta, gestionada con el rigor administrativo de quien nunca ha perdido una casa bajo el magma.
El V Convenio Colectivo de Binter Technic y las nuevas listas de empleo en el sector público nos recuerdan que la paz social en las islas tiene un precio que se negocia en despachos con aire acondicionado, lejos del ruido de las turbinas. Canarias sigue intentando profesionalizarse en los márgenes de su sector servicios, mientras el boletín despacha con la misma indiferencia una plaza de arquitecto técnico en El Hierro que la selección de personal para el proyecto ATCLIMA. Es la victoria final de la forma sobre el fondo: una crónica de pequeñas batallas administrativas en un archipiélago que, al final del día, solo aspira a que la burocracia no se detenga antes que el flujo de turistas.
Noticia escrita por Gara Vega. Editado y verificado por Raquel Molina. Información cruzada sin filtros institucionales. Este análisis no ha sido financiado por publicidad oficial ni condicionado por intereses de lobby.














