
En Canarias, como en todas partes donde la política se mezcla con la geografía, nadie manda exactamente donde parece mandar, y al mismo tiempo todos mandan un poco, y así los diputados se sientan, hablan, votan y vuelven a sentarse mientras los asesores escriben, corrigen y leen entre líneas, y uno se pregunta si lo que se decide es realmente ley o si es sólo un acuerdo secreto entre el tiempo, el territorio y la paciencia de quienes saben esperar, y mientras todo esto ocurre, la isla observa, silenciosa y paciente, como si supiera que el verdadero poder nunca está en el podio ni en el micrófono, sino en los pliegues invisibles de los papeles, en las conversaciones que no se registran y en la mirada de quienes han aprendido a esperar más de lo que se permite decir.
En el corazón del Parlamento de Canarias, un edificio de piedra y ecos del siglo XIX, la política se mueve al ritmo pausado de los equilibrios. Cada norma que se debate en este hemiciclo —desde un plan de energías renovables hasta una reforma educativa— es el resultado de una coreografía compleja, donde la aritmética parlamentaria vale tanto como la ideología. Con solo 70 escaños y un mosaico de partidos insulares, el Parlamento canario funciona como un laboratorio político en miniatura. Aquí, ninguna mayoría es estable por definición: los gobiernos se sostienen sobre alianzas frágiles, tejidas entre fuerzas que representan intereses tan distintos como el turismo en el sur de Gran Canaria, la pesca en El Hierro o la agricultura en La Palma.
La geometría variable del poder
La legislatura de 2023–2027, encabezada por Fernando Clavijo (Coalición Canaria) con el apoyo del Partido Popular, la Agrupación Socialista Gomera (ASG) y la Agrupación Herreña Independiente (AHI), ha consolidado un modelo de gobernanza basado en la “geometría variable”. En la práctica, esto significa que cada ley se negocia desde cero, con el foco puesto más en el territorio que en la ideología. «En Canarias no gobierna un bloque, gobierna un equilibrio”, confiesa un asesor parlamentario veterano. “Aquí una enmienda vale más que un discurso».
El PSOE, principal partido de la oposición, mantiene una presencia determinante, con capacidad para inclinar la balanza en temas sociales, fiscales o ambientales. Mientras tanto, Nueva Canarias (NC) actúa como actor bisagra, capaz de sumar o bloquear consensos, y Vox, aunque minoritario, introduce una tensión ideológica inédita en la cámara. Detrás de cada votación visible hay semanas —a veces meses— de trabajo discreto en las comisiones parlamentarias. Allí, los diputados miden cada palabra: una coma puede alterar el equilibrio entre intereses empresariales, sindicales o insulares.
Las enmiendas se negocian con precisión quirúrgica. Una ley sobre vivienda puede incluir cláusulas adaptadas a Lanzarote o Fuerteventura, mientras una norma agraria se reescribe para proteger cultivos en medianías o regadíos del norte de Tenerife. Cada isla, al final, pide su párrafo. El resultado es un texto híbrido, a veces contradictorio, pero profundamente canario: leyes moldeadas por la necesidad de consenso, más pragmáticas que ideológicas.
El precio del consenso
Esa cultura del acuerdo tiene un coste. Muchos proyectos se diluyen en el camino o llegan descafeinados a la votación final. “El Parlamento de Canarias no legisla deprisa”, reconoce un exconsejero del Gobierno. “Pero cuando aprueba algo, suele sobrevivir a los cambios de gobierno.” Los expertos constitucionales destacan que este modelo, heredero del espíritu insularista y de la distribución territorial del poder, ha permitido estabilidad política durante décadas. Pero advierten de un riesgo creciente: el bloqueo competencial entre el Gobierno regional y el Estado. Temas como la energía, la inmigración o la gestión de costas se sitúan en una zona gris, donde Madrid legisla con criterios generales y Canarias reclama excepciones. La reciente negativa del Parlamento a sumarse al pacto estatal contra la emergencia climática es solo el último ejemplo de esta tensión estructural.
El Parlamento como espejo
Más que un escenario de confrontación, el Parlamento de Canarias funciona como un espejo del archipiélago: diverso, insular y resiliente. En sus pasillos conviven los lenguajes del campo y del turismo, del pequeño empresario y del funcionario, del mar y del volcán. La política aquí no se grita; se murmura. Los acuerdos no nacen de grandes discursos, sino de llamadas, cafés y silencios. Y en ese silencio, muchas veces, se deciden las leyes que marcarán el futuro de las islas.














