
En los pasillos del Parlamento de Canarias, el miedo ha adquirido una forma burocrática. No es el miedo a la muerte, ni siquiera al olvido, sino el miedo al cese de la transferencia bancaria. Astrid Pérez, en un gesto de supervivencia política que recuerda a los últimos días de una aristocracia en declive, ha aprovechado la cumbre de la CALRE para advertir que el presupuesto de la Unión Europea no puede ser la «guillotina» de las Islas. Es una metáfora sangrienta para un asunto de hojas de cálculo: el Marco Financiero 2028-2034 amenaza con ser el acta de defunción del parasitismo geográfico.
La advertencia de Astrid Pérez sobre la «línea roja» es el último simulacro de una civilización que ya no sabe qué producir, solo qué pedir. Canarias se niega a ser tratada como una región continental porque la normalidad financiera sería su fin. La presidenta lucha por el «escudo», pero lo que realmente defiende es el derecho a seguir habitando una periferia dorada donde el horizonte no es el mar, sino el próximo ingreso del Fondo Social Europeo.
La periferia como chantaje emocional
La presidenta ha sido tajante. Ha elevado la «singularidad» a la categoría de dogma religioso. En la cosmovisión de Pérez, Canarias no es un territorio con potencial, sino una anomalía que Bruselas debe compensar por el simple hecho de existir en el lugar equivocado. “Necesitamos que se reconozcan las particularidades”, repite, como si la lejanía fuera un mérito moral y no un dato cartográfico. Es el lenguaje de la víctima profesional: el derecho a competir en «igualdad de condiciones» se traduce, en la práctica, en el derecho a recibir un escudo financiero que oculte la incapacidad de la región para generar un modelo productivo que no dependa de la caridad comunitaria.
Bruselas, sin embargo, ha cambiado de canal. Mientras en Canarias se habla de los sobrecostes del agua, en el Este se habla de tanques. La nueva geopolítica continental ha desplazado el centro de gravedad hacia Varsovia y Kiev, dejando a las Regiones Ultraperiféricas (RUP) en la posición incómoda de un pariente lejano que sigue pidiendo dinero en mitad de un funeral familiar.
Alianzas de la escasez y el mantra de la cohesión
Para evitar el aislamiento, Pérez ha buscado socios en la desolación. Vincular el destino de Canarias a la sequía de Murcia es un movimiento táctico inteligente, pero profundamente deprimente: es la unión de los territorios que se definen por sus carencias. El objetivo es que la UE no vea a Canarias como un caso aislado, sino como parte de una patología generalizada que requiere inversión directa para no colapsar. “El presupuesto de la UE no puede dar la espalda a las regiones”, ha sentenciado Pérez, convirtiendo la frase en un mantra que, a fuerza de repetirse, ha perdido cualquier rastro de significado para convertirse en puro ruido de fondo en los salones de Bruselas.
La línea roja de la supervivencia administrativa
La reelección de Pérez al frente de la CALRE no es una victoria política, sino una maniobra de atrincheramiento. Se trata de asegurar que la voz canaria esté presente cuando se repartan las sobras del POSEI. El miedo es real y estadístico: sin las compensaciones al transporte, el coste de la vida en las islas se volvería «inasumible», revelando la fragilidad de una sociedad que ha confundido la cohesión con la respiración asistida.
Noticia escrita por Gara Vega H. Editado y verificado por José Luis Jiménez. Información cruzada sin filtros institucionales. Este análisis no ha sido financiado por publicidad oficial ni condicionado por intereses de lobby.














