
El éxito de cartón piedra que arrojan las cifras turísticas de 2025 en Canarias -con un récord de 15,7 millones de visitantes- esconde una vía de agua que el Parlamento ya no puede tapar con optimismo de despacho. Mientras las terminales se abarrotan de turistas de paso rápido y bajo coste, el mercado nórdico, el verdadero pulmón financiero de los inviernos en las islas, da síntomas de agotamiento. La pregunta parlamentaria de Lucía Fuentes (PSOE) no es un dardo político más; es un baño de realidad: Canarias está perdiendo la pulseada por el viajero escandinavo frente a destinos que hasta hace dos días ni siquiera jugaban en nuestra liga.
Los números que maneja el ISTAC son tozudos. Es cierto que el gasto turístico rozó los 23.200 millones de euros el año pasado, pero ese dato oculta que el visitante sueco o noruego es el que de verdad sostiene el negocio local. Con una estancia media de 10,4 noches, estos viajeros barren a la rotación frenética del mercado británico. Sin embargo, su cuota de mercado se ha quedado clavada, incapaz de sacudirse el polvo de la pandemia y el empuje de un norte de África que ha vuelto a la carga con precios de derribo.
El problema ya no es solo si hay sol o no; es una cuestión de conciencia y, sobre todo, de bolsillo. La consejera Jessica de León ha puesto el grito en el cielo por la subida de las tasas de AENA y el corsé ambiental de Bruselas. En Estocolmo o Helsinki, el ‘flygskam’ (la vergüenza de volar) ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un factor de decisión. Volar seis horas a Canarias hoy compite en desventaja frente a destinos que se lavan las manos con las emisiones de CO2. Mientras la UE nos aprieta con impuestos al queroseno, Egipto o Cabo Verde juegan fuera de esas reglas, ofreciendo el mismo sol a mitad de precio y sin remordimientos ecológicos.
Para frenar esta sangría, el Gobierno autonómico ha sacado de la chistera la Alianza para el Turismo Regenerativo. Es un intento, quizás desesperado, de venderle al nórdico un relato nuevo: que su viaje no es solo vacaciones, sino una inversión en recuperar el paisaje de las islas. La idea suena bien en los folletos, pero la oposición duda de que esta ‘etiqueta verde’ llegue a tiempo para evitar que las familias suecas terminen en un resort de lujo en el Mar Rojo, donde el bolsillo manda más que la huella de carbono.
Donde más duele esta desconexión es en el sur de Gran Canaria. El tejido comercial de Maspalomas o Playa del Inglés se diseñó para la fidelidad escandinava, ese cliente que no se encierra en el hotel. Aunque el gasto diario por turista subió a los 183 euros a finales de 2025, el sector sabe que es un dato dopado por la inflación. Para el empresario de a pie, perder al nórdico es perder al que alquila el coche, al que llena las mesas de los restaurantes y al que busca la seguridad de Europa. Si ese cliente se va, el modelo de negocio canario cambia para siempre.
La supervivencia del invierno, tal como lo conocemos, depende de si somos capaces de que Norwegian o SAS no nos borren de su mapa de rutas. Si la Consejería no reacciona con incentivos agresivos y una promoción que deje de tratar al nórdico como un cliente seguro, 2026 será el año en que Canarias consume su mutación: un destino de masa y poco valor, dejando atrás décadas de calidad garantizada desde el norte. Las cifras récord de AENA pueden ser un espejismo peligroso si el viajero que más días se queda y más gasta decide, de una vez por todas, que Canarias ya no le sale a cuenta.














