Para cualquiera nacido bajo la sombra del Garajonay, tropezarse en los mapas con la palabra ‘gomera’ asociada a las cuencas fluviales de Bolivia provoca un cortocircuito mental. En el imaginario insular, La Gomera es un peñasco vertical rodeado de Atlántico, silos de plátanos y silencio. Descubrir que al otro lado del océano existe un imperio geográfico llamado así no es una errata tipográfica; es el vestigio de una fiebre extractiva que movilizó fortunas globales y vidas humanas a finales del siglo XIX.
Esta desconcertante geografía se revela en el estudio publicado en la Revista de Historia de América (núm. 173, 2026) por el historiador José Eduardo Pradel Barrientos, investigador de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, Bolivia. El trabajo rescata la memoria documental de un personaje tan enigmático como crucial: Carlos de Coutouly, cónsul general y encargado de negocios de Francia en suelo boliviano a partir de 1895.
El archivo de las palabras extraviadas
La perplejidad canaria ante el vocablo tiene una explicación técnica y lingüística que Coutouly desentrañó en su Monografía de la industria boliviana de la goma elástica, texto publicado en el Moniteur Officiel du Commerce de París en mayo de 1897 y posteriormente traducido al castellano por el geógrafo Manuel Vicente Ballivián. En la Amazonía, una «gomera» o «región gomera» no designa una patria insular, sino las vastas extensiones de selva virgen donde abunda el árbol de la siphonia elástica o hevea.
Los trabajadores del látex —los llamados seringueiros— bautizaron ese paisaje con una jerga propia. El terreno de explotación era el seringal o «gomal». La masa vegetal capaz de sangrar goma elástica sustituyó en las conversaciones a la mineralogía tradicional de los Andes. Mientras el comercio europeo demandaba caucho para alimentar la revolución industrial y el transporte, Bolivia abría sus arterias fluviales hacia los ríos Madre de Dios, Orton y Beni.
Anatomía de un diplomático en la bruma
Carlos de Coutouly llegó a La Paz en septiembre de 1895 acompañado de su esposa y sus dos hijas. Caballero de la Legión de Honor con destino previo en Panamá y Colombia, el diplomático galo se convirtió en el observador perfecto de una transformación territorial salvaje. Su labor oficial no se limitó a la firma de la Convención Consular de 1897 o a proteger los intereses de casas comerciales francesas como Devés y Cía. instaladas en Riberalta; Coutouly actuó como un verdadero espía económico para los mercados de El Havre, Liverpool y Nueva York.
El diplomático observó con precisión quirúrgica la anatomía de los árboles. Distinguió las subvariedades de la seringa (blanca, rosada y negra) y advirtió las diferencias botánicas con la cauchera común. Mientras la última poseía raíces con contrafuertes y crecía en terrenos altos, la seringa reinaba en los suelos inundados. Extraer su savia requería una estrategia casi militar: el rumbeador trepaba a las palmeras más altas para trazar senderos en la espesura (estradas) que conectaban entre 100 y 150 árboles.
La geografía del peligro y el naufragio
El cruce de esta «Gomera» sudamericana no ofrecía la tranquilidad de los valles canarios, sino una carnicería cotidiana. Coutouly describió los ríos amazónicos no como vías de agua, sino como carreteras que corren, saltan y trituran embarcaciones. El tramo del río Madera hacia San Antonio acumulaba dieciocho grandes caídas de agua y setenta y dos rápidos violentos.
Los datos fríos recogidos en la investigación de Pradel Barrientos estremecen: entre 1893 y principios de 1894 se registraron trece naufragios graves en las cuencas del Beni, Mamoré y Madera, cobrándose la vida de cuarenta y tres remeros y peones. Las aseguradoras internacionales se negaban rotundamente a cubrir las cargas que circulaban por esa maraña verde. El flete para transportar la goma fina o el sernamby cobraba un peaje en oro y en vidas humanas, mientras empresarios como Antonio Vaca Diez o Nicolás Suárez levantaban sus imperios particulares en medio de la selva.
Ecología prematura para un mundo sin memoria
La crónica de Coutouly culmina con una admonición que resuena con extraña vigencia en la historiografía contemporánea. Tras comprobar cómo la explotación desmedida de la quina había arruinado años atrás la economía sudamericana al ser trasplantada por los británicos a la India, el diplomático francés propuso una estrategia de explotación sostenible. Planteó la obligación legal de plantar dos árboles (uno de seringa y otro de caucho) por cada ejemplar sangrado.
«Hay que pensar en los hijos y en los bisnietos», dejó escrito el cónsul en las páginas finales de su informe enviado a París. La advertencia se perdió entre el ruido de las libras esterlinas y el colapso posterior del ciclo del caucho. Para el lector insular que tropieza por primera vez con estas fuentes historiográficas, la «Gomera» boliviana deja de ser una equivocación del mapa para convertirse en el fantasma de una fiebre lejana, un territorio de sombra y látex bautizado con la misma palabra con la que en las islas nombramos a la tierra firme.














