
La memoria urbana funciona así: convierte a los políticos en señales de tráfico. Las ciudades también olvidan. Caminas por la avenida de José Mesa y López en Las Palmas, entre escaparates, tráfico y gente que mira el móvil, y nadie parece recordar quién fue realmente ese hombre cuyo nombre se repite en las paradas de guagua y en los rótulos de las tiendas. Sin embargo, detrás de esa avenida luminosa hubo un personaje inquietante de la vieja burguesía atlántica, un comerciante acostumbrado a mandar sin pedir permiso que, durante los años convulsos de la Segunda República Española, descubrió demasiado tarde que el poder ya no se decidía en los salones ni en las cartas privadas, sino en algo mucho más vulgar y más peligroso: las urnas. Y a veces, también, en el asfalto.
Un empresario liberal del siglo XIX atrapado en la política brutal de los años 30. José Mesa y López pertenecía a una generación de empresarios que creía que el poder se ejercía desde los despachos y los clubes sociales. Pero la política española de los años treinta ya no funcionaba así. Con la llegada de la República, el poder empezó a circular por carreteras, ministerios y presupuestos públicos. Y en ese nuevo tablero, los viejos caciques del comercio tenían cada vez menos espacio.
Uno de los giros más surrealistas de esta historia es que José Mesa y López, el hombre que personificaba el viejo orden monárquico, llegó a considerar seriamente fundar el partido de Manuel Azaña (Acción Republicana) en Las Palmas. No lo hacía por amor a la izquierda intelectual, sino por puro pragmatismo: necesitaba un «teléfono directo» con Madrid. Al final, el «asco» que le producía el laicismo de Azaña pudo más que su ambición, y acabó tachando al líder republicano de «sectario» en sus cartas privadas mientras montaba su propio partido de derechas.
El Artículo 29: Ganar sin bajar del coche
Antes de la República, la derecha canaria estaba malacostumbrada gracias al famoso Artículo 29 de la Ley Electoral. Este permitía que, si no había más candidatos que puestos a cubrir, se proclamaba a los elegidos automáticamente sin poner una sola urna. En las zonas rurales de las islas, esto era el pan de cada día. La llegada de la República en 1931 obligó a estos «notables» a algo que les horrorizaba: tener que hacer campaña de verdad y pedir el voto a los campesinos.
Guerra del Río: El mago de las carreteras
Mientras Mesa y López se centraba en la ideología y la religión, su rival, Rafael Guerra del Río, descubrió la clave del éxito en Canarias: el asfalto. Desde el Ministerio de Obras Públicas, Guerra del Río se convirtió en una especie de Papá Noel de la ingeniería. Sabía que un kilómetro de carretera en un municipio aislado valía más que mil discursos sobre la Constitución. Esa capacidad de «gestionar» obras fue lo que le permitió quitarle el protagonismo a la derecha tradicional en el corazón de la burguesía isleña.
Una derecha «a la fuerza»
Es curioso notar que el Partido Popular Agrario Autónomo (PPAA) se definía como «autónomo» para no parecer una sucursal de Madrid, pero sus estatutos eran un «copia y pega» casi literal de la CEDA nacional. Mesa y López, que en el fondo era un liberal de la vieja escuela, tuvo que disfrazarse de católico ferviente para encajar en la nueva moda política de 1933. Sus aliados se quejaban de que hablaba de «Religión, Patria y Familia» con la misma emoción con la que se lee un balance de exportación de tomates.
El voto del clero traidor
Mesa y López guardaba un rencor especial hacia los curas de 1931. En sus memorias, cuenta con amargura cómo parte del clero de Las Palmas, en lugar de apoyar a los monárquicos, votó por candidatos que terminaron siendo masones o líderes del Frente Popular. Para él, la República no solo fue una derrota política, sino una «traición celestial» que le obligó a reconstruir su base de poder desde cero.
Y, sin embargo, al final todo se vuelve extraño. Las ciudades siguen creciendo mientras los nombres se quedan quietos en las placas. La gente atraviesa cada día la avenida de José Mesa y López en Las Palmas de Gran Canaria sin pensar demasiado en el hombre que intentó adaptarse a un tiempo que ya no era el suyo. La política cambió, la Segunda República Española se hundió entre conspiraciones y guerras, y aquella vieja burguesía isleña terminó aprendiendo que el poder en el Atlántico nunca es estable: se mueve como las corrientes marinas.
Quizá por eso los nombres sobreviven mejor que las ideas. Porque las ideas envejecen, se contradicen, fracasan. Los nombres, en cambio, permanecen en las calles como un eco silencioso. Y si uno se detiene un segundo —solo un segundo— entre el ruido del tráfico y el viento salado que llega del puerto, puede pensar que bajo el asfalto todavía late algo del viejo mundo que aquellos hombres creyeron eterno. Un mundo que, como casi todos, terminó desapareciendo sin avisar.














