
En las Islas Encantadas, un lugar mágico lleno de palmeras, volcanes y playas doradas, los animales vivían felices y cada año se reunían en el Gran Parlamento del Bosque de Lava. Allí decidían juntos cómo cuidar sus islas y sus tesoros.
Cada grupo de animales enviaba a un representante:
El Camello Sabio, por los dromedarios de Fuerteventura,
La Tortuga Valiente, por los tortugos de El Hierro,
El Loro Parlanchín, por los pájaros de Tenerife,
y así con todos los animales de las siete islas.
Un día, el Gran Parlamento tenía que decidir algo muy importante: cómo repartir un enorme cargamento de frutas deliciosas que había llegado en un barco mágico. ¡Había plátanos jugosos, mangos dulces, papayas brillantes y piñas refrescantes! Pero, oh no, no había suficiente fruta para todos.
El Camello Sabio dijo:
—¡Todos los plátanos deben ir a Fuerteventura! Mis dromedarios trabajan mucho bajo el sol y necesitan energía.
Pero el Loro Parlanchín chilló:
—¡No, no, no! Los pájaros de Tenerife necesitamos los mangos para volar más alto y cantar más bonito.
La Tortuga Valiente añadió, con su voz lenta pero firme:
—En El Hierro somos pocos, pero queremos las papayas para hacer nuestras fiestas más alegres.
Cada representante pensaba solo en su isla. La situación parecía complicada, hasta que el Búho Mediador, que presidía el Parlamento, alzó sus alas y dijo:
—¡Calma, amigos! Si solo pensáis en vuestra isla, nadie tendrá nada. Debemos decidir juntos, pensando en el bien de todas las Islas Encantadas.
Los animales se miraron y reflexionaron. El Camello Sabio pensó:
—Si insisto en llevarme todos los plátanos, los demás se enfadarán y no me ayudarán la próxima vez.
El Loro Parlanchín susurró:
—Si comparto los mangos, tal vez también me den algunas piñas.
La Tortuga Valiente sonrió:
—Si todos tenemos un poco de todo, nuestras fiestas serán aún más divertidas.
Entonces, los animales se sentaron en círculo bajo un gran drago y comenzaron a negociar con alegría.
—Demos a cada isla un poco de cada fruta —propuso el Camello Sabio—, y las islas más pequeñas, como El Hierro, pueden elegir primero porque tienen menos animales.
—¡Y hagamos un festival en todas las islas para compartir las frutas y celebrar juntos! —añadió el Loro Parlanchín.
—¡Me gusta! —dijo la Tortuga Valiente—. Así todos estaremos contentos.
Tras mucho hablar (y algún que otro chillido del Loro Parlanchín), el Parlamento llegó a un acuerdo. Cada isla recibió su parte justa de las frutas y organizaron el Gran Festival de las Frutas Encantadas, donde todos los animales bailaron, cantaron, comieron y rieron juntos.
El Búho Mediador sonrió y dijo:
—Cuando pensamos en el bien de todos, las Islas Encantadas brillan aún más.
Desde entonces, cada vez que llegaba un barco mágico, los animales se reunían con alegría, recordando que compartir y trabajar juntos era la clave para que las Islas Encantadas fueran el lugar más feliz del mundo.














