
A las puertas del Parlamento de Canarias, en la colina de Tejina, el aire huele a plátano y a papeles antiguos. Dentro, los ecos de los plenos resuenan entre retratos de presidentes, bustos de fundadores y las palabras solemnes que se repiten desde hace cuatro décadas: “Tiene la palabra su señoría”. Pero, fuera, en la calle, pocos sabrían decir qué hace exactamente esa institución que se erige como la más antigua del Archipiélago.
Una reciente encuesta elaborada por el propio Parlamento muestra un dato incómodo: más del 70 % de los canarios no sabe identificar el nombre del presidente de la Cámara y casi la mitad desconoce cuántos diputados la integran. Solo una minoría —apenas un 18 %— afirma seguir de manera habitual la actividad parlamentaria. En la era de las redes sociales y la transparencia digital, el Parlamento sigue siendo, para muchos, una casa cerrada.
Un poder discreto, casi invisible
El Parlamento es, en teoría, el corazón de la autonomía canaria. Nació en 1982, antes incluso de que se consolidara la estructura autonómica moderna, como heredero remoto de los antiguos cabildos y juntas de isla. Pero en la práctica, su presencia en la vida cotidiana de los ciudadanos es mínima. Las leyes que aprueba —desde la política de residuos hasta los fondos europeos o la ordenación del territorio— rara vez se asocian con la institución que las debate.
“Es un Parlamento sin liturgia y sin relato”, admite un ex secretario general de la Cámara. “La gente asocia la política canaria con el presidente del Gobierno o con los cabildos, no con los diputados. La representación se ha diluido entre niveles de poder”.
El peso de la distancia
La geografía tampoco ayuda. Un ciudadano de El Hierro o de La Graciosa tiene más posibilidades de conocer a su alcalde que a su diputado autonómico. El voto insular, diseñado para garantizar la representación de todas las islas, ha terminado por reforzar el localismo frente al sentido regional. Y en ese equilibrio precario, el Parlamento se percibe como un ente lejano, abstracto, burocrático.
Ni siquiera las retransmisiones en streaming o las cuentas institucionales en redes sociales han logrado revertir esa desconexión. Las sesiones plenarias se siguen con la frialdad de un trámite y los debates —largos, reglamentarios, poco televisivos— no compiten con la inmediatez de la polémica política diaria.
Un espejo de las democracias maduras
El caso canario no es una anomalía, sino una advertencia. En toda Europa, las instituciones representativas enfrentan un mismo dilema: cómo ser visibles sin convertirse en espectáculo, cómo recuperar legitimidad en una era de desafección y ruido digital. El Parlamento de Canarias, con su mezcla de solemnidad histórica y tecnocracia discreta, simboliza ese desafío.
“Necesitamos que el Parlamento vuelva a ser comprendido como un espacio de diálogo y de control, no solo de trámite”, señala una diputada veterana. “Sin pedagogía democrática, no hay democracia que resista”.
La urgencia de un relato
Quizá el problema no sea de estructura, sino de narrativa. El Parlamento, que ha sobrevivido a mayorías absolutas, pactos inverosímiles y crisis políticas, carece de una historia contada en voz alta. Sus hitos —la aprobación del Estatuto, la defensa del REF, la respuesta a las crisis migratorias o climáticas— no han encontrado traducción emocional entre los ciudadanos.
Mientras tanto, las puertas del edificio siguen abiertas para visitas escolares y turistas despistados. Allí, entre escaños de madera y el escudo de las siete islas, una guía recuerda a los visitantes que el Parlamento es “la casa de todos los canarios”. La frase suena bien, pero hoy parece más un deseo que una certeza.














