
La comisión de investigación del ‘caso Mascarillas’ se eterniza. Sus señorías han vuelto a tirar de agenda para concederse otra prórroga -y ya van cinco-, estirando el calendario hasta el 31 de julio de 2026. Lo que nació como una urgencia para aclarar dónde acabaron los cuatro millones de euros de las mascarillas que nunca llegaron, se ha convertido en un serial parlamentario que no tiene fin. La excusa es que necesitan tiempo para redactar el informe, pero lo que falta no es tinta, sino ganas de ponerse de acuerdo.
El ambiente en el Parlamento está lejos de ser un grupo de trabajo y se parece más a una guerra de guerrillas. Desde que al presidente de la comisión se le escapara aquel borrador que señalaba directamente a Ángel Víctor Torres, la confianza saltó por los aires. El PSOE no perdona la filtración y el PP no quiere cerrar el chiringuito sin antes rascar un poco más en las conexiones del ‘caso Koldo’. Entre unos y otros, la casa sin barrer y el dictamen metido en la nevera hasta que llegue el calor de julio.
Lo más llamativo es que, después de dos años y más de cincuenta testigos, los diputados sigan mareando la perdiz con los plazos. Parece que escribir las conclusiones de un contrato fallido requiere la misma literatura que una enciclopedia. Pero en política el tiempo es estrategia: cuanto más se tarde en sacar el informe, más se enfría el escándalo. El 31 de julio es la fecha elegida, un día perfecto para soltar una noticia farragosa cuando media Canarias está pensando en la playa y nadie mira la televisión.
Esta nueva demora confirma el viejo truco de la política: si quieres que algo se olvide, monta una comisión y pide prórrogas hasta que la gente pierda la cuenta. Ya no se trata de saber qué falló con aquel dinero público, sino de ver quién sale menos salpicado del charco. Mientras los políticos se dan otro margen de cuatro meses, el ciudadano se queda con la sensación de que le están tomando el pelo en cómodos plazos mensuales.
En definitiva, tenemos comisión para rato. Si para verano no encuentran otra coma que cambiar o un nuevo testigo al que llamar por sorpresa, quizás sepamos qué opinan nuestros representantes de aquel fraude millonario. Aunque, visto lo visto, no sería de extrañar que en julio nos vendan otra prórroga como «imprescindible». Lo que sea con tal de no firmar un papel que, ahora mismo, quema en las manos de todos.













